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La despedida Imprimir Correu

 

 

Roses, primavera del 1896,,,. el sol ya calienta suavemente las mañanas y la tramontana silba sin cesar su veto a salir a la mar. El olor a pescado y alquitrán invade el barrio del puerto.

Allí trajinan, mujeres y marineros reparando cabos y jarcias, en medio de una enrarecida atmósfera de inquietud. Llegan malos aires de ultramar, huelen a pólvora, fiebre amarilla y muerte.

En medio de la algarabía, unas manos huesudas y fuertes agarran las redes a  remendar y se aferran a ellas como si les fuese en ello la vida. Son de nuestro personaje, un zagal pelirrojo de diecinueve primaveras, grumete avizor de algún pesquero cófrade y que escucha atentamente preocupado al otear con su fina vista, el otro lado del puerto.

Allí en la terraza del Casino municipal, unos pocos privilegiados, con cuello duro y bombín, vociferan con el periódico en una mano y un puro habano en la otra, arengas a la patria en peligro. Seguro que muchos de estos jóvenes de adineradas familias, serán excusados de la movilización militar, pagando el  "redimir en metálico" o "cuota" que asciende a seis mil reales.
Nuestro amigo, aún se aferra más si cabe al aparejo, pues no tiene seis mil... ni cinco mil... ni...

Por fin llega la tan temida carta, su movilización es inminente, ha sido destinado a la Armada de las Antillas por su condición de hombre de mar. En medio de una nube mezcla de eufórica confusión y compañerismo improvisado, se ve montado en una carreta llena de cajas de salazón de anchoa, con dos tocayos más. Aquellos dos percherones que la aparejan, ajenos a la situación, cansinamente van subiendo la cuesta en busca del Camino Real. Destino la caja de reclutamiento de Barcelona.

buque Alfonso XIII

 

 

 

Les espera para embarcar  "el Alfonso XIII", un vapor correo transatlántico. Es el destino de Baldomero, junto con 22 reclutas más de Calella, Palamós, Sant Feliu i Figueres, del mismo regimiento de infantería de Gerona. Y dos batallones peninsulares más.

 

 

 

el acorazado Vizcaya

 

 


 

Trece días después desembarcarán en Guantánamo y de allí a Santiago de Cuba, donde les espera el acorazado Vizcaya, orgullo de la flota de guerra española al mando del valiente Almirante Cervera y que más tarde sucumbirá no sin una feroz defensa de sus hombres en el combate de la Bahía de Santiago en 1898.

 

 

 

 

En el cuartel, un veterano furriel, les proporciona dos trajes y un gorro de rayadillo, un morral con funda de "gutapercha", un par de "zapatos guajiros", y otro de "borcejines", éstos puestos, bota de vino, cuchara y fiambrera. Es el equipo colonial español.

Mientras espera pipa de espuma en mano, en el soleado patio de armas del cuartel de Lepanto, nuestro protagonista lee apabullado, las últimas noticias de un manoseado periódico español. Son tiempos confusos en la península, la falta de información y el hervidero político llena la prensa de artículos de indignación e impotencia ante la situación de nuestra colonia. Los que quieren utilizar el descalabro y el sufrimiento de esta lejana guerra con fines políticos, echan más leña al fuego cubano, intentando justificar lo injustificable. Son los últimos y agónicos coletazos del cruel y equivocado estilo en las prácticas coloniales del decadente imperio español.

el MaineHa vuelto a prender definitivamente la mecha de la insurrección Antillana, bajo el grito mambí de "Cuba libre", y para colmo de nuestros males, también dando el propicio escenario a los yanquis para poner en marcha su caritativo intervencionismo. Colmaron sus ansias de anexionar  "la perla del Caribe" y bajo el eslógan de "remember the Maine", buque de la Navy que ellos mismos volaron de noche bajo la mirada estupefacta de cubanos y españoles en el puerto de la Habana, acusando injustamente a éstos últimos del hecho, y usándolo como pretexto para declararnos la guerra.

Baldomero, con aquellos ojos vivarachos empañados por alguna que otra lágrima, entiende la que se le avecina, pero saca fuerzas de flaqueza y suelta lastre de la situación delante de sus compañeros. Sabe, en su interior, que estos ojos no volverán a ver probablemente su amado Ampurdán, pero afortunadamente "tempus fugit" y llega la hora de embarcar.

 

 

Ya las cornetas llaman a formar y aquellos muchachos marcialmente alineados, van cantando canciones de mar por las Ramblas hacia el puerto, entre gritos de fervor patriótico y una lluvia de flores. A pie de muelle, mi tatarabuelo, se funde en un abrazo junto a su madre "la Pepa pantinadora", a sus dos hermanos, y a su novia Raquel, que vestida con sus mejores galas le ofrece su pañuelo perfumado de violetas. Con una sonrisa en la boca, y un aplomo fingido, recuerda que los hombres de mar del Ampurdán han salido con bien de muchas galernas y batallas, debido a su pericia y valentía, y que han vuelto sanos y salvos de muchas contrariedades en ultramar y él no iba a ser una excepción.

mapa de las Antillas

 

Las tripas del gigante de metal oxidado empiezan a soplar vapor con aire exhausto. Ya levan pasarelas y anclas, ¡ y qué momento !, la música de la banda militar de fondo, la melodía callada de sollozos de madres, esposas con niño y novias y un sinfín de pañuelos y sombreros despiden a estos pobres muchahos de rayadillo, que ven y suspiran alejándose con la estela también ilusiones y vida, pero al unísono, y no se porqué, siempre blanda una entrañable amiga, los acordes de una guitarra española, a ritmo de Habanera.

 

 

J.G.

 

 

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